La Asociación Mundial de Pediatría y otras entidades médicas y educativas han sido claras: el uso de pantallas en menores de 6 años debería estar altamente restringido o, idealmente, evitarse por completo, especialmente durante los primeros dos años de vida.
Sin embargo, cada vez es más común ver a niños pequeños —incluso bebés— frente a un celular o una tablet.
Entonces, surge una pregunta inevitable:
¿Por qué sucede esto?
Estamos desbordados
La crianza hoy se da en contextos de alta exigencia: padres que trabajan largas jornadas, familias que crían en soledad, entornos urbanos con pocas redes de apoyo.
En este marco, el celular aparece como una solución rápida, un alivio momentáneo para calmar, entretener o distraer. Sin darnos cuenta, se convierte en un “chupete electrónico”.
La tecnología está normalizada
Vivimos en una cultura hiperconectada. Para muchos adultos, la tecnología es una extensión natural de la vida cotidiana.
Esto hace que se minimicen los riesgos o que no se los perciba como urgentes. Frases como “todos lo hacen”, “un ratito no le va a hacer mal” o “ya sabe más que yo” se vuelven habituales.
Nos cuesta sostener el vacío
El aburrimiento, la frustración o el llanto de un niño son difíciles de sostener emocionalmente, sobre todo cuando estamos cansados o estresados.
Las pantallas ofrecen una respuesta inmediata para calmar ese malestar. Pero, muchas veces, lo que evitamos no es solo el llanto del niño, sino nuestro propio malestar frente a esa situación.
¿Estamos supliendo carencias emocionales o de tiempo?
En algunos casos, el uso de dispositivos compensa —de manera consciente o inconsciente— la falta de tiempo de calidad, la culpa por la ausencia o la dificultad para conectar emocionalmente.
No se trata de juzgar a las familias, sino de comprender que la pantalla no solo calma al niño, sino también al adulto.
¿Estamos supliendo carencias emocionales o de tiempo?
En algunos casos, el uso de dispositivos compensa —de manera consciente o inconsciente— la falta de tiempo de calidad, la culpa por la ausencia o la dificultad para conectar emocionalmente.
No se trata de juzgar a las familias, sino de comprender que la pantalla no solo calma al niño, sino también al adulto.
¿Qué tipo de infancia deseo ofrecer?
¿Qué estoy evitando cuando doy una pantalla?
Porque el verdadero desafío no es solo apagar la tablet, sino encender nuestra presencia como adultos disponibles, atentos y conscientes.
