La lectura es un proceso complejo que no se limita a reconocer letras o pronunciar palabras. Para que una persona pueda leer, necesita haber desarrollado previamente la conciencia fonológica, es decir, la capacidad de identificar y discriminar los sonidos del lenguaje, y la recodificación silábica, que le permite unir esos sonidos para formar palabras con sentido.
Cuando este proceso inicial está afianzado, comienza a desarrollarse lo que llamamos fluidez lectora: un ritmo de lectura más seguro, con mayor precisión y velocidad. La fluidez permite que la atención no esté puesta únicamente en descifrar el código escrito, sino en el contenido del texto.
Sin embargo, leer con rapidez no garantiza comprender.
Una persona puede leer muy rápido y no entender lo que lee, mientras que otra puede leer de manera más lenta, con vacilaciones, pero lograr una buena comprensión.
¿Por qué sucede esto?
Porque nadie puede comprender aquello que no conoce. Las palabras son la base de la lectura y constituyen unidades lingüísticas con significado. Ese significado no aparece mágicamente al leer, sino que se va construyendo a lo largo del desarrollo del lenguaje, a través de la experiencia, la interacción y la riqueza del entorno verbal.
En la actualidad, muchos niños y niñas están expuestos a un gran caudal de lenguaje a través de las pantallas. Reciben información, escuchan palabras y frases, pero muchas veces no evocan, no utilizan activamente ese vocabulario en sus producciones orales o escritas. El lenguaje se vuelve más receptivo que expresivo.
A esto se suma que, en muchos contextos familiares, se utiliza un lenguaje cotidiano y limitado, sin detenerse a enriquecerlo, ampliarlo o proponer nuevas formas de expresión. Del mismo modo, en la escuela, a veces se ofrecen textos demasiado simples, con la intención de facilitar la comprensión y evitar el cansancio, pero que terminan empobreciendo el desafío cognitivo.
Entonces surge una pregunta clave:
¿Cómo esperamos que nuestros estudiantes se interesen por la lectura si no les proponemos desafíos reales?
Las dificultades en la lectura comprensiva mejoran, en gran medida, cuando se estimulan de manera sistemática las habilidades semánticas y sintácticas, es decir, aquellas que permiten comprender el significado de las palabras y la forma en que se organizan dentro de una oración y un texto.
Esto implica trabajar, de manera sostenida, aspectos como:
el significado de las palabras
las palabras derivadas y compuestas
las familias de palabras
la adjetivación
sinónimos y antónimos
hipónimos e hiperónimos
los distintos significados de una misma palabra según el contexto
la integración gramatical
el completamiento de oraciones
la fluidez verbal
Es fundamental comprender que estas no son actividades aisladas ni contenidos que se enseñan una sola vez. Son habilidades que requieren ejercitación constante, variedad de propuestas y continuidad en el tiempo.
La comprensión lectora no se logra únicamente leyendo más rápido, sino leyendo con sentido, con vocabulario, con estructura y con pensamiento. Y ese camino se construye día a día, a través del lenguaje, el diálogo, el desafío y la reflexión.
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