El diagnóstico infantil constituye una aproximación al funcionamiento actual de diferentes aspectos del desarrollo, el aprendizaje, la conducta y, cuando corresponde, de las funciones neuropsicológicas del niño o la niña.
Nos permite comprender mejor qué está sucediendo en un momento determinado, reconocer fortalezas, identificar dificultades y orientar las intervenciones y los apoyos que pueden resultar necesarios.
Pero un diagnóstico no es una etiqueta ni un rótulo que determina quién es un niño y mucho menos quién será en el futuro.
Tampoco debería definir de manera rígida una metodología de enseñanza, una modalidad de escolaridad o un único tipo de acompañamiento profesional.
El diagnóstico no define al niño
Cada niño y cada niña es único e irrepetible. Su desarrollo está atravesado por múltiples factores: sus características personales, sus experiencias, sus vínculos, las oportunidades de aprendizaje, el contexto familiar y escolar y los apoyos que recibe.
Por eso, compartir un mismo diagnóstico no significa tener las mismas características ni necesitar exactamente las mismas estrategias.
No hay dos niños con dislexia iguales. No hay dos niños con TEA iguales.
Un diagnóstico puede ayudarnos a comprender determinadas características, pero nunca podrá describir la totalidad de una persona.
Detrás de cada diagnóstico hay un niño con intereses, emociones, capacidades, dificultades, deseos y posibilidades propias.
¿Por qué es importante conocer el diagnóstico?
No debemos tener miedo al diagnóstico. Cuando está correctamente realizado, puede convertirse en un punto de partida para comprender, acompañar e intervenir.
Conocer qué sucede permite tomar decisiones más ajustadas y evitar interpretaciones equivocadas sobre determinadas conductas o dificultades.
Minimizar una dificultad que requiere atención puede significar demorar la consulta, la orientación o los apoyos necesarios.
Por eso también es fundamental conocer las pautas evolutivas esperables para cada edad. Esto permite diferenciar aquellos procesos que forman parte del desarrollo habitual de aquellos indicadores que merecen ser observados con mayor atención.
Observar también es acompañar
La observación cotidiana es una herramienta fundamental para familias y docentes.
Observar cómo aprende un niño, qué actividades disfruta, cuáles evita, cuánto tiempo puede sostener una tarea, cómo se comunica, cómo resuelve dificultades y qué situaciones le generan frustración permite conocer tanto sus fortalezas como sus necesidades de apoyo.
No debemos mirar solamente aquello que no puede hacer.
También necesitamos preguntarnos:
¿Qué puede hacer? ¿Cómo lo logra? ¿Qué lo ayuda? ¿Qué le interesa? ¿En qué situaciones aprende mejor?
Muchas veces, allí encontramos las primeras claves para acompañarlo.
El diagnóstico puede orientar, pero no predecir
Un diagnóstico describe una situación y aporta información valiosa para tomar decisiones. Sin embargo, no es una sentencia sobre el futuro.
El desarrollo continúa. Los niños aprenden, encuentran estrategias, reciben apoyos, descubren capacidades y atraviesan diferentes etapas.
Algunas dificultades podrán superarse o disminuir con el tiempo. Otras requerirán acompañamiento prolongado y algunas limitaciones podrán permanecer. Por eso, las expectativas deben ser realistas, pero nunca cerradas.
No podemos saber de antemano hasta dónde llegará un niño.
Podemos, en cambio, ofrecerle oportunidades, acompañamiento y herramientas para que pueda desarrollar al máximo sus posibilidades.
Nadie sabe todo lo que tu hijo o hija logrará.
Todos sabemos que es un ser en crecimiento y con posibilidades.
Algunas dificultades o limitaciones podrán acompañarlo durante mucho tiempo.
A veces, sentirás que no avanza.
Muchas veces, sentirás que el camino es difícil.
Otras veces, un pequeño logro te mostrará cuánto ha avanzado.
Y siempre, cada conquista tendrá un enorme valor.
Porque detrás de un diagnóstico continúa estando ese niño o esa niña que necesita ser mirado por lo que es, acompañado en lo que necesita y valorado por todo aquello que puede llegar a construir.
El diagnóstico puede ayudarnos a elegir el camino, pero nunca debería convertirse en el límite de aquello que creemos posible.
