Padres sobreprotectores, hijos desprotegidos

¿Has pensado cuántas veces, por ser padres protectores, nuestros hijos pueden terminar más desprotegidos frente a las dificultades?

Muchas veces actuamos con la mejor intención. Queremos evitarles la frustración, la angustia, el esfuerzo o la incomodidad. Nos anticipamos a sus necesidades y resolvemos aquello que creemos que les resultará difícil.

Pero ¿qué sucede cuando les damos la oportunidad de intentarlo?

Los pequeños desafíos también enseñan

Ante un nuevo desafío, el niño necesita buscar una solución.

Pensemos en algo tan sencillo como abrir un paquete de galletas. Primero prueba de una manera. Si no puede, intenta otra. Quizás se frustra y vuelve a probar. Poco a poco descubre cómo hacerlo y perfecciona su estrategia.

Así, cada pequeño desafío cotidiano puede convertirse en una oportunidad para aprender.

No necesita tratarse de grandes dificultades. Vestirse, ordenar sus cosas, preparar la mochila, servirse agua o resolver un desacuerdo con un amigo son situaciones que permiten desarrollar progresivamente diferentes recursos.

“¡Yo solito!”

Los logros cotidianos también contribuyen a construir la confianza en las propias capacidades.

¿Cuántas veces escuchamos decir:

“¡Yo solito!” o “¡Yo solita!”?

Sin embargo, intervenimos porque estamos apurados, porque puede ensuciar, porque tardará demasiado o, simplemente, porque nosotros podemos hacerlo más rápido.

A veces, ayudar demasiado significa quitarle la oportunidad de intentarlo.

Proteger no significa evitar todas las dificultades

La sobreprotección infantil puede aparecer cuando el deseo de cuidar nos lleva a resolver permanentemente aquello que el niño podría comenzar a enfrentar por sí mismo.

Proteger es necesario. Los niños necesitan adultos que los cuiden, los orienten y establezcan límites.

Pero proteger no significa eliminar cada obstáculo de su camino.

También necesitan experimentar pequeñas frustraciones acordes con su edad. Necesitan descubrir que algo puede no salir en el primer intento y que pueden volver a probar.

Acompañar sin resolver

Podemos estar presentes sin hacer todo por ellos.

Podemos esperar, observar y permitir que prueben.

Si se equivocan, podemos ayudarlos a pensar qué podrían hacer diferente. Si se frustran, podemos acompañarlos sin eliminar inmediatamente aquello que les genera malestar.

Y, por supuesto, debemos estar disponibles cuando realmente necesiten nuestra ayuda.

La autonomía no significa dejar al niño solo. Significa acompañarlo mientras aprende progresivamente a hacer por sí mismo aquello que ya está en condiciones de intentar.

Por eso, antes de intervenir, quizás podamos detenernos unos segundos y preguntarnos:

¿Realmente necesita mi ayuda o puedo darle la oportunidad de intentarlo solo?

Porque preparar a nuestros hijos para la vida no consiste en evitarles todos los obstáculos, sino en ayudarlos a desarrollar herramientas para enfrentarlos.

¡Escuchá este video de Eva Millet! Vale la pena.